Química

Planeta Humo

Seguimos habitando en el planeta humo. Y quizá no sólo porque los gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera por la actividad humana -sobre todo por la quema de combustibles fósiles- no hagan más que aumentar cada año a escala global. Sino también por la falta de la determinación política necesaria para impulsar los ambiciosos compromisos de reducción de emisiones que demanda el prometedor objetivo alcanzado en la Cumbre del Clima de París celebrada en diciembre de 2015: mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2ºC de incremento respecto de la temperatura media en la era preindustrial, e incluso trabajar para contener dicho aumento en 1,5ºC.

Sin duda ese es el gran reto al que se enfrenta la Humanidad a partir de mañana, cuando dé comienzo en Marrakech (Marruecos) la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la 22ª Cumbre del Clima (COP22).

El ya conocido como Acuerdo de París fue un paso de gigante para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero, ya que involucró por primera vez a todos los países del mundo, 195 naciones más la Unión Europea. Pero el documento, ratificado ya por 100 países que suponen el 70% de las emisiones mundiales -entre los que no está España-, necesita aumentar la ambición de los compromisos nacionales, hasta ahora voluntarios, y concretar los detalles de cómo se lograrán esos objetivos.

Mientras eso llega, el calentamiento del planeta se ha acelerado en 2016 a un ritmo muy superior al que preveían los científicos. En la primera mitad del año, el aumento de las temperaturas en la superficie terrestre y en los océanos fue de 1,3 grados por encima de los niveles preindustriales, cerca ya del primer techo de 1,5 grados previsto en el Acuerdo de París y que puede alcanzarse bastante antes de lo esperado.

«Nuestras proyecciones sobre el aumento de las temperaturas se han quedado cortas», reconoce David Carson, director del World Climate Research Programme (WCRP). «No preveíamos una subida ni tan rápida ni tan continuada como la que se ha producido este año». Con los compromisos voluntarios anunciados hasta la fecha por 188 países, la temperatura media global rondaría los 3ºC de aumento a final de siglo, algo catastrófico para algunos estados insulares del Pacífico e incluso para buena parte de los países mediterráneos como España, entre otros.

Récords de temperatura

Con la única excepción de junio, 11 de los 12 últimos meses han registrado nuevos récords. Tras el respiro que supuso el fin del fenómeno El Niño (el calentamiento cíclico del Pacífico Oriental), las temperaturas repuntaron en todo el planeta. En Kuwait, el 21 de julio, el termómetro subió hasta los 54 grados, el registro más alto en la historia de esa zona del planeta, seguidos de los 53,9 que se alcanzaron en Irak o los 51 grados en Phalodi, en la ola de calor que afectó a 300 millones de habitantes en India.

En Londres, sin ir más lejos, llegaron en mayo a los 27 grados, 11 por encima de la temperatura media habitual para ese mes. En Alaska, la primavera entró varias semanas antes de tiempo y se registraron temperaturas de 5,5 grados por encima de la media.

El otoño australiano fue también especialmente caliente y el calor extremo afectó también a la temperatura marina: sólo el 7% de la Gran Barrera coralina escapó al blanqueamiento o decoloración del coral (producido sobre todo por el incremento de temperaturas y de radiación solar).

En España, el mercurio se puso al rojo vivo en pleno mes de septiembre, con un registro de temperatura de 46,4 grados en Sanlúcar La Mayor, 45 en Cabezas de San Juan o 45,1 en el aeropuerto de Córdoba.

CO2 atmosférico

Otra barrera que se rompió en el último año fue la de las 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera terrestre. Tres años después de que se diera la voz de alerta en el observatorio hawaiano de Mauna Loa, las 400 ppm son ya la nueva y preocupante marca media mundial durante todo el año, frente a las 278 ppm que se registraban en la era preindustrial, una cifra que está considerada como el balance natural de la Tierra.

La quema de combustibles fósiles (especialmente el carbón y el petróleo) sigue siendo el factor que más contribuye al aumento de las emisiones de CO2. El aumento de las temperaturas en los últimos meses en el hemisferio norte ha contribuido también a la liberación de metano por el descongelamiento del permafrost, sobre todo en las áreas cercanas al Ártico.

Un proyecto de la Universidad de Alaska, recién publicado en Nature Geoscience, revela la creciente contribución del deshielo en la propia Alaska, en Canadá, en Suecia y en Siberia al «bucle de gases invernadero» que están acelerando el calentamiento del planeta. Entre tanto, en Siberia, y más concretamente en la isla Belyy, los investigadores Alexander Sokolov y Dorothee Ehrich han descubierto este verano un preocupante fenómeno: la formación de auténticas burbujas subterráneas de CO2 y de metano que pueden pincharse con una simple pisada.

Tras el relativo alivio de los últimos tres años, la atención ha vuelto a centrarse este verano en la capa de hielo del Ártico, que ha descendido alarmantemente a su segundo mínimo histórico (4,14 millones de kilómetros cuadrados) tras el récord fijado en 2012. En la Antártida, el glaciólogo Stewart Jamieson ha descubierto la formación de casi 8.000 lagos supraglaciales a partir del hielo derretido entre los años 2000 y 2013, detectados por los satélites como «manchas azules» en el continente blanco.

«Lo que está ocurriendo en el planeta es algo sin precedentes en los últimos mil años», asegura Gavin Schmidt, director del Instituto Goddard de la NASA. «No ha habido ningún periodo en el que pueda observarse una tendencia como la experimentada en las últimas tres décadas».

Schmidt destaca cómo la tendencia se ha acusado en los últimos meses y ha dejado perplejos a los científicos del clima: «No ha existido prácticamente una pausa o un hiato. La tendencia a largo plazo se mantiene y hay razones para estar preocupados. Nos enfrentamos a un problema crónico al que tendrá que hacer frente la sociedad en los próximos cien años».

Fuente: El Mundo Ciencia